Mis pies son los que caminan sobre esa delgada línea, indecisos de qué dirección tomar, sin ponerse de acuerdo. En fin, como si hubiese siquiera una dirección clara. Las reglas son las que yo marco, los caminos los que yo dibujo entre tanta confusión y, por supuesto, las decisiones también me pertenecen. Mis ojos son los que plasman y visualizan las Ideas que mi mente ha pensado previamente, además de reparar en cualquier mínimo detalle y percibir los dos lados de la línea, echos a mi medida. ¿Mi corazón? Es el que mueve cada objeto o ser en el ambiente, la vida. Nada ocurre sin que yo lo haya pensado previamente, todo está perfectamente medido y a la vez da una sensación caótica y aleatoria.
Es precioso tener el control de un mundo, dos, o los que me vengan en gana, de hecho, me gusta tener la sensación de que todo depende de mí. Supongo que este es mi rincón para esconderme, donde no pueden hacerme daño y donde los sueños que tengo en el mundo exterior cobran vida. Realmente es hermoso.
Se trata del mundo que he escrito yo mismo. Mis manos son aquellas que se deslizan danzantes, como si transmitiesen magia, destellos de luz, sombras, mares de lágrimas y, realmente, mi condición y mi historia. La delgada línea me ayuda a mantenerme a flote y, de este modo, no perderme en mí interior para siempre.
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