Había pasado varias semanas sin moverse, sin poder hacer nada. Solo. Tumbado en una cama que no le dejaba levantarse y salir a vivir. La espada que se apoyaba en la pared de la otra punta de la habitación ya no brillaba con la misma fuerza, o mejor dicho, ya no destellaba ningún tipo de luz. Parecía como si nunca le hubiese pertenecido, como si nunca la hubiese empuñado. Él la miraba, desde la cama, con complicidad, respeto, orgullo, al fin y al cabo esa espada era él y todo lo que con ello representaba. Aquel filo le había servido para proteger unos sueños que eran los únicos que movían su existencia, aquella empuñadura se había ajustado perfectamente a la mano de su portador, asegurando la firmeza en cada tajo, en cada estocada...
Pero las mismas batallas que en su momento le habían conducido a la gloria fueron las que realizaron un acopio de fuerzas para superarle y, de ese modo, extinguir las llamas del corazón de aquel que luchaba por su mundo.
Aquellas sábanas le aprisionaban como zarzas, le provocaban cortes en el alma con la misma facilidad que él tenía antiguamente para evadirse rápidamente de estos ataques. La almohada ni siquiera era una aliada, sino que le provocaba horas y horas de pesadillas en las que soñaba que no volvía a ser el de antes, que sus armas y sus recursos ya no funcionaban o que, simplemente, no quedaba nada por defender. Absolutamente nada.
Poner los pies en el suelo supuso un desafía contra todo pronóstico, las zarzas ardieron en llamas, las pesadillas fueron las que comenzaron a sentir miedo y la cama se transformó en la aliada del guerrero. Bastó una sola mirada a sus emociones y éstas volvieron a estabilizarse, completamente arrepentidas del descontrol causado aquellos días.
-Nunca volváis a olvidar quién manda. - Susurró.
Sin embargo, aún estaba pendiente la batalla más importante. Se acercó lentamente a la puerta de la habitación, donde descansaba la mejor de las herramientas de muerte, aquella que otorga la vida en los momentos que corta los lazos de ésta. Una espada. Su espada. Cada paso le daba fuerzas y, de repente, la sala en su totalidad se hallaba brillando con luz propia. Emocionalmente eclipsaba a la luz del propio sol.
Acontecía en ese momento la guerra para reencontrarse consigo mismo.