Todo estaba oscuro, demasiado oscuro, tanto que sus ojos no acertaban a distinguir ningún tipo de forma bajo aquel manto nocturno. Por no saber, no podía concretar exactamente ni dónde se encontraba. Hacía mucho tiempo que se había salido de aquel camino que tan bien lo guiaba, lo acompañaba y lo cuidaba... Y ya llevaba demasiados días, incluso meses, moviendo las piernas en una dirección que ni siquiera había tenido la opción de elegir. A eso no se le podía llamar caminar.
Al no ver el sendero que cruzaba, no podía evitar tropezar con cualquier obstáculo, por muy insignificante que éste fuera, o chocar con cada barrera en el camino, pudiendo tardar días en volver a levantarse tras cada caída... Por inercia, para volver a caer una y otra vez. Quizás la fuerza de voluntad que le caracterizaba aún le acompañaba en el interior de su corazón, pero ya no destellaba ninguna luz capaz de alumbrar el ambiente que le rodeaba, cargado de terror y tristeza. Era como estar solo, Llevaba meses en la mas absoluta oscuridad, siendo empujado, sin saberlo, a un precipicio que debía evitar a toda costa.
Sin embargo, uno de tantos días y de pura casualidad, como suelen ocurrir las historias más bonitas, el chico alzó la mirada desde el suelo tras haberse caído, el tiempo lo estaba dejando destrozado.
-Joder...- Fue la única palabra que pudo articular.
Por fin podía distinguir lo que se encontraba a su alrededor, pues una energía rojiza se manifestaba a tan solo unos metros de él, iluminando su cara y el color de su pelo, que empezó también a irradiar energía, aunque menos incandescente, más cansada.
Se levanto tan rápido como sus piernas le dejaron. Ahora podía ver los obstáculos, que sorteaba con maestría, sin dedicarles demasiado tiempo, con agilidad, con alegría. Le gustaba esquivar las caídas, le gustaba que las cosas le saliesen bien. Cuando alcanzó aquella luz incandescente comprendió que lo único que necesitaba era ese empujón hacia algo grande, y que él era capaz de hacer el resto.
-Gracias. - Susurró en el momento de estirar el brazo para que sus dedos rozasen la energía, sin quemarse y sin dañarse, pues ésta sólo estaba allí para protegerle.
Notó cómo le recorría el brazo hasta llegar al pecho, y de ahí a todos los rincones de su cuerpo. Las heridas desaparecían, dejando sólo las cicatrices propias de la experiencia del sufrimiento, únicamente si conoces el dolor puedes vivir feliz. Los ojos se le iluminaron y comenzó a verlo todo a través de ellos.
La esperanza de volver a vivir se adueñó de su cuerpo, que ahora tenía el poder sobre el camino que antiguamente se alzaba amenazante ante él. La noche fue perdiendo fuerza y llegaron los primeros rayos de sol, consumiendo las nubes negras que anunciaban antaño la llegada de una tormenta. El ruido de las aguas de un riachuelo alegraba más el ambiente, así como los animales, que se atrevían de nuevo a salir.
El chico se acercó corriendo al agua, se arrodilló frente a ella y observó su rostro, que llevaba meses sin recordar. Estaba sonriendo.
-Gracias. - Volvió a repetir, mientras una lágrima corría por sus mejillas hasta caer en el río, donde no se supo mas de ella.
A veces necesitamos una luz, una esperanza que nos levante y nos recuerde que, a pesar de las circunstancias, siempre podemos con todo. Gracias por haber sido mi luz.
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